VIRTUDES Y VALORES




Fuente: Gama
01.04.2009
Autor: Laureano López, LC
La cortesía, virtud del día a día

De noche, de día, en la casa o la cafetería, dentro de la escuela o en la peluquería, esta virtud se puede vivir día a día.

La cortesía es la virtud que promueve el respeto hacia las personas y que nos ayuda a salir de nosotros mismos para atender las necesidades de los demás. Mediante la repetición consciente de pequeños actos de “buenos modales”, el hombre se perfecciona al tratar a los demás como se merecen.

El saludo, ceder el paso, el protocolo, lo usual y acostumbrado “se hace” porque lo hace la gente. Pero ¿quién es la gente?, se preguntaba el filósofo español Ortega y Gasset, “¡ah!, pues todos y nadie determinado”. Una masa más o menos extraña que se convierte en un “social anónimo” y donde se pierde la dimensión interpersonal.

Las normas de educación, practicadas sin reflexión, pueden desembocar en un automatismo mecanizado. Cuando éstas se viven conscientemente se convierten en cortesía, porque ya no tratan con la “humanidad” sino con personas concretas. Por ello esta virtud no rebaja al hombre, sino que lo transforma en más humano.

“En la mesa y en el juego se conoce al caballero”. Así, se puede practicar la cortesía en las comidas familiares. No soy raro si uso en la mesa las palabras mágicas “por favor”, “por fa” o “plis” en su versión anglo-hispana más juvenil; cuando me preocupo de que los otros tengan agua y pan; si paso la sal antes de que me la pidan o si espero a que otros se sirvan para comenzar. Qué hermoso regalo nos dejó el Maestro en aquellas palabras: “el que quiera ser grande entre ustedes sea su servidor. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir” (cf. Mc 10,43-45).

Saludar es algo de todos los días. Este es otro campo en donde se puede trabajar. La sabiduría popular nos enseña que “lo cortés no quita lo valiente” y un claro ejemplo lo encontramos en la vida de san Pablo. Él vivió como un “campeón” del cristianismo y también fue un “campeón” de cortesía. Así lo manifiestan los saludos en sus cartas a las primeras comunidades creyentes. “Doy gracias a Dios cuando me acuerdo de ustedes, rogando siempre y en todas mis oraciones por todos. Dios es testigo de cuánto les aprecio en el afecto entrañable de Cristo” (cf. Flp 1,3-7).

Allí está el reto para las cartas, los mensajes de correo electrónico de Internet y los recados que se dejan en la mesa o el refrigerador. Añadiendo al “Bye” un “te encomiendo en mi oración”, puedo hacer que la persona se sienta más apreciada al leer la nota. Si pienso que quien está delante de una pantalla es una persona con la que me comunico, el correo electrónico se convertirá en un medio, un instrumento mejor para facilitar el diálogo interpersonal.

Vivir dentro de una sociedad es una parte integral del hombre y continuamente nos presenta oportunidades para relacionarnos con “los demás”. La cortesía convierte el saludo, las palabras y el trato dirigido a “los demás” en actos mucho más personales.

El ensayista y moralista francés Joseph Joubert sintetizó la virtud de la cortesía diciendo que ésta “es la flor de la humanidad y el que no es suficientemente cortés, no es suficientemente humano”.

Laureano López, LC



Fuente: Gama
18.03.2009
Autor: Fco. Javier Rubio Hípola, LC
La pobreza está de moda

La pobreza está de moda. Contra todos los esfuerzos de un capitalismo consumista, el paladar occidental está probando una medicina amarga que parecía haber olvidado. El espectro de la nueva crisis económica avanza a marchas forzadas por las calles del mundo. La pobreza se pone junto a nosotros, nos acompaña por el camino, nos espera en las plazas, en las tiendas, en los bancos.

Queramos o no, la pobreza está de moda. A muchas personas les parecerá un primer encuentro fastidioso. A otras, un encuentro más. De cualquier forma, puede resultar una buena oportunidad para conocerla, para descubrir todas sus facetas y para replantear nuestra actitud para con ella.

Todos somos pobres. Algunos ya lo hemos descubierto. Otros no. Depende en gran medida del concepto que tengamos de pobreza. Pobre puede ser el que no “tiene”. El que no tiene dinero, belleza física, coche, casa, oportunidades…
Al hombre que se deja absorber por el veneno del consumismo, el tener o no tener puede llegar a resultarle un factor determinante para catalogar a una persona.

Parece que el hombre de hoy está aletargado por una especie de narcótico sumamente eficaz. A pesar de las facilidades de las que gozamos hoy en día para realizarnos como personas, el hombre no es feliz. Cuesta encontrar la lógica a una sociedad en la que abundan los medios para favorecer una verdadera formación intelectual, humana o social y sin embargo… Sin embargo proliferan las insatisfacciones laborales, las depresiones, los psicoanálisis, los divorcios, etc.

Hay una enfermedad que ha vedado a los hombres del siglo XXI la capacidad de ir más allá. Mucho antes de la crisis económica, esta especie de peste ha arruinado la profundidad del pensamiento humano. Su plan ha superado cualquier estrategia de manipulación de masas. No ha tratado de inculcar una ideología autodestructiva. Ha actuado más bien colapsando la atención de los hombres en las meras apariencias, cortando de cuajo el puente entre el fenómeno y el fundamento. Es la superficialidad.

Esta infección nos impide descubrir, en primer lugar, la existencia misma de la enfermedad y en segundo lugar, el verdadero valor de las cosas en nuestra vida. Para cuántos es más importante tener tal o cual teléfono celular, tal o cual coche, tal o cual computadora, que el ser un hombre de bien. Porque si algo está claro es que nadie es perfecto: todos podemos ser mejores. Y esa capacidad humana para superarse responde a una pobreza mucho más real y profunda: la pobreza del ser, un concepto de “pobreza” totalmente olvidado y, sin embargo, mucho más importante. En este sentido nadie se escapa: todos somos pobres.

Cuántas veces son precisamente los más necesitados de bienes materiales los que dan testimonio de una gran riqueza interior.

Aristófanes afirmaba en una de sus comedias que “nada es más cobarde que la riqueza”. Y es que el dinero, la fama, la belleza física… todo huye con el paso de los años. Nadie se llevará su cuenta corriente más allá de los portales de la muerte. ¿Entonces? Entonces sólo quedará lo que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos, los hombres.

¿Y cabe ser feliz en esta tierra, un mundo dominado por el afán de tener? Chesterton, con la agudeza que le caracterizaba, escribió una vez que "la edad de oro retorna a los hombres cuando, aunque sólo sea momentáneamente, se olvidan del oro".

Por supuesto es misión de todos –de todos y de cada uno- hacer lo posible por acabar con la pobreza material en el mundo. La Iglesia es un ejemplo en este sentido. Sin duda, como dijo el Papa Benedicto XVI en su diálogo con los párrocos de Roma del 26 de febrero de 2009, toda economía que quiera superar la crisis actual deberá atravesar un replanteamiento de sus principios en orden a lograr una justa distribución de los bienes.

Sin embargo, cosa curiosa, la Iglesia también propone la pobreza evangélica como medio de perfección para quienes se consagran por entero a Cristo. La pobreza religiosa consiste en ser pobre como Cristo fue pobre. Consiste en tener lo indispensable y en dejar de decir “esto es mío”, para poder decirle a Cristo “yo soy tuyo”. La entrega a Dios de la propia libertad es el acto más perfecto de libertad a que puede aspirar un hombre. Esto implica el desprendimiento de todo aquello que pueda distraer este acto de amor. Éste es otro concepto de pobreza que debería tomarse en cuenta.

Si Dios mismo quiso nacer, vivir y morir pobre en este mundo, no debe ser tan malo como parece, ¿no?

Fco. Javier Rubio Hípola, LC



Fuente: Gama
04.03.2009
Autor: Santiago Giraldo, LC
Austeridad y penitencia

De pequeño, nunca me gustaron las espinacas. No se me borra el recuerdo angustiante de ver llegar a mi padre con aquellas hierbas verdes y marchitas y exclamar con júbilo: ¡para que seas fuerte como Popeye!

Años después me sirvieron una especie de ensalada de espinaca que llevaba pistachos, pasas, aceite, algo de sal y manzana picada. ¡Qué delicia de espinacas! Esto me hizo reflexionar en que las cosas pueden cambiar de apariencia dependiendo de cómo se presenten.

Hemos entrado en el período litúrgico de la Cuaresma con la imposición de las cenizas. Para los cristianos este tiempo tiene muchos significados, significados no muy agradables desde el punto de vista humano, pero sí muy provechosos para el alma que quiere acercarse más a Cristo. Podemos reflexionar en dos temas que no resultan muy simpáticos a nuestra naturaleza, pero que presentados de una manera diferente pueden ser tomados con gusto y agrado.

El primero es la austeridad. Austeridad es vivir con sencillez y sobriedad la vida diaria. No se trata de una austeridad vivida en la tristeza, sino una austeridad vivida por amor. Cuando se vive por amor se es feliz, porque la austeridad nos lleva a desprendernos de nosotros mismos para entregarnos a los demás.

La austeridad fue una constante en la vida de Cristo. En (Lc 8,20) se nos narra cómo un hombre exclama con gran efusión: “Maestro, te seguiré a donde fueres”. La respuesta de Cristo es tajante: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”.

Cristo no contó con medios sofisticados para proclamar su mensaje, sin embargo sus palabras han llegado a millones de corazones a través de los siglos.

Los hombres de hoy también podemos asemejarnos a Cristo a través de la austeridad. No se trata de no tener almohadas en donde reclinar la cabeza. Se trata de vivir con normalidad pero con austeridad el día a día. Algunos medios concretos podrían ser: preferir sentarme en una silla dura en vez de un sillón amueblado y cómodo; viajar en transporte público en vez de usar mi propio coche; vestir de una manera sencilla y digna en vez de con ropa cara y vistosa; no querer aparentar el último bolso, celular, Ipod, o cualquier objeto lujoso. Pero lo más importante es hacer todo esto con convicción y por amor a Aquél que nos lo enseñó.

El segundo tema es la penitencia. La penitencia se puede interpretar de muchas maneras y ninguna se excluye en la Cuaresma. La penitencia como sacramento es la acción por la cual confesamos nuestros pecados al sacerdote. También nos referimos a la penitencia como la tarea o el propósito de reparar nuestras faltas, y puede ser espiritual o física.

Podríamos caer en el engaño de pensar en la penitencia como algo imposible. A lo mejor nos puede venir la imagen de personas santas que se someten a duras pruebas de la carne para tensar el espíritu: flagelación, cilicio, ayuno absoluto. Como cristianos no debemos olvidar los méritos de quienes practican este tipo de penitencia. Quizá nosotros no lleguemos a este grado, pero sí hay otras maneras que en pleno siglo XXI pueden ser más costosas que las pruebas a la carne.

La penitencia más común es la del ayuno y abstinencia. Abstinencia de comer carne los viernes de Cuaresma. Pero ¿no es muy poco en comparación con todo lo que Cristo hizo por nosotros? ¿Acaso se llama a la novia o se ve la tele una vez a la semana? Entonces, ¡qué buena penitencia sería imponernos la restricción de aquellos medios que solemos utilizar! ¿Nos animaríamos a no navegar por Internet, a no usar el celular, a no utilizar la computadora por un solo día? ¡Qué difícil! Pues esto le agradaría más a Cristo que cualquier otra penitencia rebuscada. Pero hay que recordar que si no se hace por amor, si no se hace con un sentido de reparación, ¡mejor ni intentarlo!

En la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció el miércoles de ceniza de 2009, remarcaba la importancia de vivir la Cuaresma practicando estas dos virtudes. Decía el Papa: “La Cuaresma, que se caracteriza por una escucha más frecuente de esta Palabra, por una oración más intensa, por un estilo de vida austero y penitencial, ha de ser estímulo a la conversión y al amor sincero a los hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados”.

Vale la pena recordar que unas espinacas bien servidas y preparadas pueden cambiar el día. La austeridad y penitencia, bien vividas y entendidas, pueden cambiar la vida. No dudemos, por tanto, en ofrecerle a Cristo en esta Cuaresma pequeños actos de austeridad y penitencia que aliviarán sus sufrimientos y que fortificarán nuestra propia alma. Y así, después de una Cuaresma intensa y bien vivida, podamos exclamar con júbilo, ¡qué delicia! ¡Cristo ha resucitado y ha cambiado mi vida!

Santiago Giraldo, LC



Fuente: Gama
06.02.2009
Autor: P. Paúl Herrera, LC
Para andar con Dios por casa

Oficinas. Avenidas y tráfico. La universidad. El colegio del niño. La cola de 20 metros del automercado. Estos son algunos escenarios en que los años de nuestra vida van pasando.

Para muchos, factor de stress; para otros… también factor de stress. Frenético es el tópico que muchos usan para llamar a nuestra vida de hoy en día. Pero, ¿para qué cambiar la palabrita si es la verdad? Frenetismo desenfrenado, carrera contra el tiempo y diez pendientes en la cabeza que aún me quedan por resolver en este día. Así es nuestra vida: un eterno resolver de problemas.

El hecho curioso es que hay unas cuantas personas por ahí que se empeñan en decirnos que todos estos sitios (oficinas, avenidas y tráfico…) son muy aptos para conseguir toda la realización que nosotros queremos en nuestra vida. «¿Realizar mi vida en la cola del mercado? ¡Sí, claro!».

Qué lástima que las personas que proclaman esta verdad sean pocas. Hombres que han podido experimentar la belleza de su vida en la vida cotidiana también mientras esperaban que el semáforo cambiara a verde.

El truco es sencillo: Dios, el dador de todo bien, de toda paz, de toda felicidad, se encuentra en todas partes y tiene servicio de 24 horas. Aunque muchos ya no lo crean (y este puede ser el gran mal de nuestro tiempo) el hombre cuando encuentra a Dios en su vida se siente realmente a gusto. Dios y el hombre son compañeros inseparables, el uno para el otro.

El reto es encontrar a Dios y dejarse encontrar por Él en las situaciones de cada día. Aquí pueden servir algunos trucos.

El primero es conversar, charlar, hablar, platicar, dialogar, discutir, o como queramos llamarlo, con Dios. Todos estos sinónimos pretenden mostrar que eso de la oración con Dios no es muy diferente de lo que hacemos con las demás personas: exponerle nuestros puntos de vista como hacemos con nuestros compañeros de trabajo, contarle nuestros problemas como hacemos con nuestros mejores amigos, pedirle algún favor como hacemos con cualquier familiar, o simplemente disfrutar de su compañía sin palabras como hacemos con las personas que más amamos en el mundo.

En fin, es lo más sencillo que hay y se puede hacer en cualquier parte. Aunque claro, mientras más íntimo es el lugar (como en una capilla), más profundamente podemos hablar con Dios. No es nada del otro mundo, no hay que hacer un curso para ello (aunque los hay, y muy buenos). Llenará nuestro día de gozo el tener siempre a alguien de mucha confianza que nos escucha, nos responde y nos orienta.

Un segundo truco es acudir a Él y dedicarle actos del día. La conciencia personal no se siente igual cuando sabe que lo que hacemos lo hacemos por los demás. Los actos que tienen su principio y su fin en nosotros mismos son menos satisfactorios.

Un ejemplo claro es un padre o una madre de familia, capaz de hacer mil peripecias y hasta actos heroicos por sus hijos, los cuales no haría sin ellos. Cuando el fin de mi trabajo, de mis quehaceres, de mis carreras por aquí y por allá, son los demás, la visión de mi vida da un giro total. Y si en esa lista de personas por las que obramos diariamente metemos a Dios… rendiremos el doble y nos ganaremos al mejor aliado.

Esto nos lleva directamente al tercer truco: sentido de eternidad. Todo lo que va referido a Dios gana en la tierra y gana en el cielo. Esto es matar tres pájaros de un tiro: yo me encuentro en el trabajo; el jefe me da X encargo; y en vez de entrar inmediatamente en acción, añado un paso extra en el proceso: lo ofrezco primero a Dios por una intención que me interese, como puede ser mi familia. Entonces, en resumidas cuentas, el resultado es formidable. Hice lo que me pidió el jefe, además Dios me lo toma en cuenta para cuando llegue al cielo, y lo hice para que Dios ayudara a alguien al que quiero.

De este modo ya no es posible quedarse estresado en medio del tráfico. Sabemos cómo aprovechar cada momento de nuestro día para ser y hacer felices a los demás en compañía de Dios.

P. Paúl Herrera, LC



Fuente: Gama
27.01.2009
Autor: P. Sergio G. Román
La coherencia
¿Qué es?
Coherencia significa que se tiene “cohesión”, término que se usa en física para significar la unión que se realiza entre dos substancias. Coherencia significará, por lo tanto, la unión. En el caso particular de los valores, podemos decir que somos coherentes cuando, al actuar, nuestra voluntad está de acuerdo con nuestro entendimiento; cuando nuestros actos están de acuerdo con nuestros principios; cuando nuestras palabras van de acuerdo con la verdad.

¡Es importante ser coherentes!
Los niños aprenden lo que ven. Este es un principio pedagógico incuestionable y plenamente comprobable con la simple observación de la conducta de los pequeños. Por ello, los papás deben ser coherentes y esforzarse para que sus actos estén de acuerdo con lo que enseñan a los hijos. No es posible vivir dos morales, una apta sólo para adultos y otra para niños.
“¿Por qué quieres ser adulto?”- le pregunté a un niño sabiendo que ellos quieren ser mayores, y el niño contestó- “Para poder ver películas de adultos como mi papá”.
Si a los niños les prohíben tomar café y refresco de cola porque son malos para ellos, los papás deberían abstenerse de tomarlos también, porque si lo hacen están invitando a sus hijos a hacerlo tan pronto como ellos se sientan grandes.

¡Un mundo nos vigila!
Sin caer en la obsesión, los papás deben darse cuenta de que sus hijos los ven constantemente ¡y los juzgan!, porque juzgar es un acto natural del entendimiento. Si sus actos corresponden a las normas que a ellos les exigen, crecerán ustedes como padres ante sus hijos; pero si se dan licencias para actuar en contra de esas normas, sus hijos los descalificarán como padres o, lo que es peor, aprenderán que hay una doble moral, una para el que obedece y otra para el que manda.
Y no son solamente los hijos quienes los vigilan: San Pablo dice que “somos espectáculo ante Dios, ante los ángeles y ante los hombres”.
La coherencia de nuestros actos y de nuestras palabras está sobre todo en orden al testimonio ante los demás, pero acrecienta también la buena opinión que de nosotros mismos tenemos, porque la conciencia es la primera en echarnos en cara nuestras incoherencias.

Coherentes con nuestra fe
Así como es importante la coherencia de los papás ante sus hijos, es importante la coherencia de todos aquellos que tenemos la misión de guiar: políticos, policías, maestros, profesionales del micrófono, sacerdotes y laicos comprometidos tenemos la obligación de ser coherentes ante los que servimos.
¡Cuánto daño ha hecho a la Iglesia el mal testimonio de algunos sacerdotes! El momento actual nos exige reforzar nuestra coherencia y actuar siempre conformes al Evangelio que predicamos.

Ser o no ser
Históricamente somos los mexicanos un pueblo católico, pero también hemos sido un pueblo católico perseguido y atacado. El catolicismo tiene muchos enemigos: todos aquellos que ven en nosotros un impedimento para sus deseos. Pero, ¿no es cierto que nosotros mismos somos nuestros peores enemigos? Cuando un católico actúa incoherentemente, traiciona y agrede su propia fe.
¿Son católicos los diputados que en la Asamblea del Distrito Federal votaron a favor del aborto? ¿Son católicos los narcotraficantes?, ¿Son católicos los que venden pornografía? ¿Son católicos los que sobornan y dan mordidas?
¡Ellos piensan que sí! ¡Eso es la incoherencia!

Si deseas ser coherente…
• No le pegues a tu hijo para castigarlo porque le pegó a su hermanito.
• No le apliques a tu cónyuge la “ley del hielo” si estás enseñando a tus hijos a dialogar y a comprenderse.
• Si son católicos, eviten lo que los lleve a divorciarse.
• Si son católicos, cásense por la Iglesia.
• Si eres católico, no aceptes un noviazgo con una persona divorciada.
• Si eres católico, no caigas en la tentación de acudir a brujos, gurús, espiritualistas y santeros.
• Si eres católico, asiste a tu parroquia y colabora con ella.
• Si eres apóstol laico, no ataques a tu Iglesia, ni critiques ni murmures.
• Si eres de los que van a Misa, que tu comportamiento corresponda al que ha convivido con Cristo.
• Si eres religiosa, no discrimines, ni hagas acepción de personas, ni des “pellizcos de monja”.
• Si eres sacerdote, por lo menos ¡sé educado!

P. Sergio G. Román



Fuente: Gama
19.01.2009
Autor: Marcelo Bravo, LC
La pureza, una virtud muy extraña...

San Agustín de Hipona fue un gran pecador y después un gran santo. En sus Confesiones nos describe con pelos y señales su proceso interior de conversión al Señor. En un momento de su vida dijo: “Señor, dame la castidad, ¡pero no ahora!”. Es interesante que esta frase me la haya encontrado, no en su biografía o en un santoral, sino -mira por dónde- en una revista del corazón. Allí estaba esta frase, junto a otras frases de artistas y cantantes. Claro, no podía ser de otro modo. No se podía encontrar una mejor justificación para vivir “feliz” y al “ahí se va” que la frase de un santo.

Lo que no dicen estos es que al pobre Agustín le costó lágrimas de arrepentimiento el haber diferido tanto su conversión. “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva...”

La pureza es una virtud muy extraña hoy en día. Y extraños, casi seres de otro planeta, aparecen tantos jóvenes, chicos y chicas, que en Estados Unidos, España, México, etc. hacen la promesa de conservarse vírgenes hasta el matrimonio.

- “¡Esto es imposible! -decía un señor- ¡hoy por hoy la pureza es imposible! Hace daño, psicológicamente te estresa.

¿Seguro? Y sin embargo cuando hablo con estos chicos, con estas chicas de quince a veinticuatro años, me parecen de lo más normales, sin complejos, sin tensiones. Claro, no son ingenuos. Bien saben que tienen que luchar día a día para mantener esa promesa que han hecho. Porque si se abandonan poco a poco...

¿Dónde radica esta fuerza? Me dijo una vez un joven célibe: -“es que cuando uno ha conocido el mar; las pozas y charcos no te llaman ya tanto la atención”.

Lo que este joven quiso decir fue que ante el amor verdadero, el amor a Dios, a la familia, a la novia, al novio... ese amor que está destinado a enriquecerte para siempre, los demás placeres, los demás gustillos, las salidas alternativas, - vamos, para entendernos- la impureza (pornografía, erotismo, prostitución) pierden todo valor. Es en ese amor auténtico, y no en las falsificaciones del amor, donde se halla la verdadera felicidad.

Marcelo Bravo, LC



Fuente: Gama
29.12.2008
Autor: Jorge Enrique Mújica, LC
El derecho a la objeción de conciencia

Balduino I, rey de Bélgica, se negó a firmar la ley que permitía el aborto en su país en marzo de 1990 aduciendo razones de conciencia. Su caso ha sido uno de los precedentes más famosos por venir de una personalidad del talante que él poseía. El rey de los belgas no dudó en abdicar a la corona con tal de mantenerse fiel a lo que creía que no estaba bien.

A casi dos décadas de distancia, varios políticos y gobernantes de diversos países están recordando al mundo el valor de la fidelidad a la propia conciencia, aun a costa del estigma de retrógrados y de la persecución mediática de que son presas.

Enrique I es el gran duque de Luxemburgo (jefe de Estado de ese enclave europeo) y sobrino del finado Balduino de Bélgica. El primero de diciembre, Enrique I anunció que no firmaría la ley de autorización de la eutanasia y del suicidio asistido por motivos de conciencia. La iniciativa de ley prosperó el pasado 18 de diciembre en la cámara de diputados por 31 votos a favor, 26 en contra y 3 abstenciones. La negativa del gran duque ha motivado a los políticos a reducirle sus poderes.

“La vida y la muerte no están en nuestras manos”. La reina de España se ha manifestado contraria al aborto, a la eutanasia y al así llamado “matrimonio” homosexual. Así ha quedado de manifiesto en el libro entrevista que le ha realizado la escritora Pilar Urbano, “La Reina muy de cerca”, un libro que apareció el 29 de octubre pasado con ocasión del LXX cumpleaños de doña Sofía y que va totalmente contra corriente de la situación actual que se vive en el reino de la península ibérica.

Uruguay es quizá el país de mayor tradición liberal y laicista en el cono sur de América. Su actual presidente, el médico Tabaré Vázquez, se rehusó a firmar una ley que despenalizaba el aborto. En el texto del veto, Tabaré Vázquez recordó que “La legislación no puede desconocer la realidad de la existencia de vida humana en su etapa de gestación, tal como de manera evidente lo revela la ciencia”.

Y más adelante señaló que “el verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados. Por eso debe proteger más a los más débiles. Porque el criterio no es ya el valor del sujeto en función de los afectos que suscita en los demás, o de la utilidad que presta, sino el valor que resulta de su mera existencia”.

La decisión del presidente uruguayo le valió las críticas de los miembros de su propio partido (el Partido Socialista) y únicamente el apoyo de dos de los ministros de todo su gabinete, los de salud y turismo. A finales del mes de noviembre, Tabaré Vázquez, hasta entonces miembro de la internacional socialista y de la coalición Frente Amplio que le llevó a la presidencia, pidió la baja del partido en el que militaba desde 1983.

Mercedes Aroz es la ex senadora socialista elegida con el mayor número de votos en la historia de la provincia de Barcelona. Hace un año anunció su conversión al catolicismo y renunció a su escaño en el senado. Todavía como parlamentaria, se abstuvo de votar a favor de la regulación de las uniones homosexuales y de apoyar posturas contra la vida que defendía el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Recientemente ha unido su voz a la de todos aquellos que piden la abolición del aborto en España para que realmente progresen los derechos humanos en su país.

Fernando Ferrín Calamita fungía como magistrado en materia de familia en Murcia, España, hasta que el lobby gay lo tomó en su mira por dudar de la idoneidad de una pareja de lesbianas para adoptar una niña. A pocos les ha importado las razones aducidas para la negativa (falta de la figura paterna, probabilidad de que la menor imite el patrón del ambiente en que ha vivido, o el derecho de la niña a vivir en una familia compuesta por personas de distinto sexo, entre otras).

Por eso fue relevado temporalmente de su puesto, privado de sueldo y, tras un juicio, recibió una sentencia negativa; y todo por haber sido fiel a su conciencia y buscar el bien de la infante. “No es igual ser educado y crecer con tus padres que con dos “mamás” o dos “papás”. Una ley no puede ir en perjuicio de los menores”, declaró hace algunos meses.

A veces hay que remar contra corriente con tal de defender la belleza y la primacía de la verdad. Y es que jamás la verdad es el fruto del consenso democrático. Ya lo decía Sócrates: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”, aunque cueste la fama o la corona.

Jorge Enrique Mújica, LC



Fuente: Gama
26.05.2008
Autor: Fernando Tamayo, LC
Un corazón intuitivo

Los reflejos del corazón de María considerados hasta ahora han aparecido principalmente desde la anunciación hasta la vida oculta del Señor. Nos corresponde ahora contemplar este corazón de Madre en la vida pública de su Hijo, incluida su pasión y su muerte.

Un primer reflejo de este corazón de María en la vida pública de su Hijo es el de un corazón intuitivo. Doy aquí a la palabra “intuición” el sentido de “ver de inmediato más allá de las apariencias”. Y ver de modo diferente, más ajustado a la verdad profunda de las cosas, de las personas y de las situaciones. Así es como “ve” el corazón intuitivo de María.

Un pasaje donde aparece este corazón intuitivo de María es el de las bodas de Caná.

La intuición de María está hecha de cercanía. Se trata de una cercanía física pero, sobre todo, una cercanía psicológica, moral y espiritual. María ha aceptado la invitación a la boda. Esta aceptación le permite estar junto a los nuevos esposos, a sus familiares, a los invitados y vivir con empatía la misma situación de todos ellos: la común alegría, el gozo de unos momentos y unos días inolvidables. Su amor le lleva a aceptar la invitación no sólo para convivir sintonizando con los demás, sino para ver con ojo vigilante y atento sus necesidades. María trata de comprender la vida de los demás, de ponerse en su lugar y en sus circunstancias.

Y está hecha también de comprensión. Su amor y su sano interés por los demás le da unos ojos especiales que le permiten intuir, captar con agilidad y acierto lo que funciona en las personas y en las situaciones humanas, y lo que no funciona. Y aquí advierte que algo no funciona: a los esposos se les ha acabado el vino, parte tan importante en la alegría y en el menú de una boda.

Los demás invitados a la boda simplemente están disfrutando y acompañándose unos a otros en esa convivencia entre parientes, amigos y conocidos, comiendo y bebiendo los platos y caldos que les van ofreciendo los servidores. María disfruta también con los demás por su cercanía, pero tiene otro modo de mirar, más profundo, amplio y auténtico. María capta y comprende que falta el vino, sin necesidad de que alguien se lo indique. Tiene muy vivo y desarrollado ese especial sentido para advertir la carencia del momento.

Su intuición también es compasión. Advertir una carencia o una necesidad no implica de inmediato querer solucionarla. De suyo, lo más fácil en situaciones semejantes es la crítica a los organizadores, el llevarse las manos a la cabeza preguntándose que cómo es posible tal falta de previsión... Pero el corazón de María es compasivo. Le apena que los esposos y su familia queden mal ante los invitados. Sufre con los organizadores en esos momentos en que ha quedado en evidencia esa imprevisión.

Y es delicadeza con los esposos, con la familia, con los servidores. No echa más leña al fuego, no los critica, no los humilla. De ella no sale ni un gesto, ni una palabra de reproche, ni una señal de ironía, ninguna muestra de sarcasmo. Se pone en el lugar de ese matrimonio recién celebrado y de su familia y los acoge y juzga internamente con la bondad de un corazón creyente, con la finura a la que está acostumbrada en su propia vida familiar y en su trato con Dios.

El siguiente texto de Mons. Ramón Ángel Jara, obispo chileno, capta bien distintas facetas de la intuición de un corazón materno, esa experiencia de finura y fortaleza que hemos podido disfrutar en la propia familia y en el conocimiento y trato con distintas mujeres:

Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados; una mujer que, siendo joven tiene la reflexión de una anciana, y en la vejez, trabaja con el vigor de la juventud; la mujer que si es ignorante descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y si es instruida se acomoda a la simplicidad de los niños; una mujer que siendo rica, daría con gusto su tesoro para no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud; una mujer que siendo débil se reviste a veces con la bravura del león. (...) De esa mujer no me exijas el nombre (...) Yo la vi pasar en mi camino. [Es] un boceto del retrato de la madre.

Su corazón intuitivo está también hecho de decisión. No se suma a los que critican o mueven la cabeza como muestra de desaprobación. Se pone de parte de los que buscan una solución y decide actuar.

Por ello, apunta a la auténtica solución que ve en su Hijo, invitado también a la boda con sus discípulos. Sabe que es el Hijo del Altísimo, Dios mismo, el Omnipotente que puede resolver todos los problemas, de cualquier índole que sean. Se dirige, pues, a él con agilidad, objetividad y sin cargar para nada las tintas, en una ejemplar oración de súplica y de confianza compuesta sólo por tres palabras: “No tienen vino” (Jn 2, 3).

La respuesta que le da su Hijo, aunque a nosotros nos extrañe y nos parezca propia de alguien que quiere desentenderse del problema, no confunde a María. Lo conoce demasiado bien por el trato diario de treinta años de convivencia entre Madre e Hijo para intuir -también aquí- la voluntad profunda de Jesús. Ella ha sugerido un camino y sabe muy bien que su Hijo lo recorrerá.

Después de este paso María se dirige a los servidores y su intuición se manifiesta también como claridad, concisión y espíritu práctico: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5). María marca de este modo una consigna breve que concluye con el milagro de la transformación del agua en vino. Un vino abundante y de la mejor calidad, como atestigua el maestresala: “Todo el mundo sirve primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora” ( Jn 2, 10).

La intuición de su corazón se hace también humildad: María, logrado su objetivo, desaparece de la escena, como su propio Hijo. Nadie, excepto los servidores, se habían dado cuenta del milagro, ni de su autor, ni de la intercesora para que se diera el milagro. Y ella, “esclava del Señor” (Lc 2, 37), no reclama menciones honoríficas, ni agradecimientos. Se contenta íntimamente con ese acto de amor de su corazón intuitivo, que contribuye a la primera manifestación pública del poder que su Hijo tiene sobre la naturaleza.

Todos los anteriores ingredientes del corazón intuitivo de María los recibió de Dios Creador con gran previsión amorosa y detallada, según puede deducirse de la siguiente parábola moderna. Nos pinta a Dios mientras está creando a una madre en presencia de un grupo de ángeles y se puede aplicar -purificada- a su misma Madre. Con agudeza y sensibilidad el autor de esta narración da a conocer muchas cualidades de esas mujeres que tienen un poco de todo y explican esa peculiar intuición que suele distinguirlas y ennoblecerlas:

Estaba Dios en su taller de orfebre trabajando arduamente en su ultima creación, cuando un grupo de ángeles, intrigados por su afanosa entrega se atrevió a interrogarle:
- ¿Qué haces?
- La más grande de mis obras maestras.
- ¿En qué consiste? - preguntaron.
- En un ser con cuatro pares de ojos y seis brazos.
Sorprendidos exclamaron:
- ¿Y para qué le van a servir cuatro pares de ojos?
- Un par de ojos es para que pueda apreciar la belleza que lo rodea; uno más para comprender cada acción que realicen mis hijos; el tercero para leer los pensamientos, las palabras no pronunciadas, con unos ojos que puedan ver los corazones y ante los cuales no pueda haber secretos; y el ultimo para apreciar la presencia de Dios en la paz de un niño durmiendo.
- ¿Y para qué tantos brazos?
- Los dos primeros son para servir, desde esforzarse en el trabajo más arduo hasta cultivar la flor más delicada; dos más serán para acunar a cada uno de mis hijos y llenarlos de caricias, de ternura y amor; y los últimos para levantarlos y luchar ante la injusticia y el abandono.
- Señor, este nuevo ser, ¿será inteligente?
- Tendrá la capacidad ilimitada para abordar los temas más intrincados y poseerá la sensibilidad del poeta, el pensamiento mágico de la fantasía y sabrá encontrar estrellas y esperanzas en los campos áridos y desiertos.
Los ángeles cada vez más intrigados de lo que hacía su Señor no cesaban de preguntar:
- ¿Este ser tan raro tendrá una función especial?
- Con un solo beso podrá mitigar el llanto de un pequeño, perdonar la falta más grave, dar aliento a un valiente, acariciar el alma de un anciano, seducir al guerrero más poderoso y dar compañía con sólo recordarlo en la soledad.
Uno de los ángeles tocó el modelo en proceso y exclamó:
- ¡Parece muy débil!
- Su aspecto es frágil - contestó Dios - pero su fortaleza es incalculable: puede soportar hambre, miseria, dolor, abandono, pero jamás se dará por vencido, sabe hacer milagros con los alimentos y jamás dejará a uno de mis hijos con hambre. Lo dará todo y tendrá la virtud de sonreír en medio de la adversidad.
- Nunca te habíamos visto trabajar tanto en un ser, ¿por qué es tan importante?
- El mundo cada día crece más y no puedo estar en todas partes, necesito hoy más que nunca que alguien me ayude a conservar y engrandecer mi creación, a llevar mi bondad y presencia a todos los seres humanos.
Uno de los ángeles tocó el rostro y para sorpresa se dio cuenta que tenía una lágrima.
- ¿Qué es? - preguntó el ángel.
- El bálsamo del amor, es su expresión sublime ante el dolor de mis hijos, es su aflicción ante el sufrimiento que manifiesta la sensibilidad de su espíritu y brota en forma incontenible ante las penas y alegrías.
Los ángeles finalmente preguntaron:
- ¿Cómo le llamarás?
- Será reconocida por ser forjadora de seres humanos extraordinarios, su aroma permanecerá por siempre y su nombre estará escrito en forma indeleble en la historia de la humanidad. Finalmente hizo una larga pausa como meditando el nombre que le daría y sonriendo ante lo más sublime de la creación exclamó:
- La llamaré: ¡Madre!

Fernando Tamayo, LC



Fuente: Gama
18.05.2008
Autor: Jorge Enrique Mújica, LC
María es nuestra confianza

Recuerdo que cuando estudiaba las humanidades clásicas me llamó mucho la atención una lectura sobre uno de los motivos de la crisis de la religiosidad griega: la falta de confianza.

La constatación de la falta de confianza entre los innumerables dioses humanos y súper-humanos, manifestada en sus eternas rencillas, no propiciaba un clima que moviera a su imitación. La razón, entonces, no los podía aceptar. Si los hijos de Rea, la diosa madre -Júpiter, Neptuno, Plutón, Zeus, Poseidón y Hades-, no eran capaces de vivir esa virtud para con su madre, menos lo serían entre ellos y menos aún con los hombres.

La falta de confianza entre las divinidades helenas contrasta fuertemente con la vivencia de la misma en el catolicismo. Esto queda destacado al leer la primera cuartilla del himno de las completas que muchos sacerdotes, seminaristas y religiosos solemos rezar los jueves:

“Como el niño que no sabe dormirse
sin cogerse a la mano de su madre
así mi corazón viene a ponerse
sobre tus manos al caer la tarde”.

Resaltan inmediatamente tres aspectos tras su lectura. Lo primero y guía de todo es precisamente una actitud: la virtud de la confianza, pero, ¿de dónde nace? Lo segundo es la vivencia de la confianza hacia una persona, hacia la madre, pero, ¿por qué hacia ella? Y lo tercero, es el lugar donde esa virtud hacia esa persona se hace vida, la tarde; ¿qué significa la tarde?

La teología enseña que la confianza es una virtud que se desprende de la fe. Preguntarnos por el origen de la virtud de la confianza es hacerlo por el origen de esa otra que es su causa, por la fe. Obviamente no estamos haciendo alusión a un origen histórico cuanto a una experiencia única y personal, a “mi experiencia”, que es a la vez don de Dios. Es únicamente desde la propia vivencialidad que supone el personal encuentro con Dios que nos ha salido al paso y que se renueva cada día en la oración, de donde nace esa relación de confianza.

Ahora bien, en el himno no resalta desde un primer momento la confianza en Dios sino en “la madre”. Más que evadir y distanciar de Dios, María-Madre se nos presenta como canal privilegiado, quizá el más seguro, para llegar a Dios.

Sólo a la luz de María se puede comprender el “cogerse a la mano de su madre”. De hecho, la maternidad en sí misma es ya una respuesta al por qué tener esa confianza en la Madre por antonomasia, en la Virgen Pura que es “el modelo más acabado de la nueva creatura salida del poder redentor de Cristo”, como la llamaba el padre Marcial Maciel. Es aquí donde se escucha el eco de aquella herencia pronunciada desde la cruz: “Juan, eh ahí tu madre”. Qué contraposición: mientras Rea, la diosa madre, desconfía de sus propios hijos, y ellos de ella, el Dios verdadero confía en nosotros al grado de dejarnos a su madre en herencia.

Pero aún hay más. En medio de una “crisis” del don de la maternidad, tenemos presente, muy presente, la cercanía de la propia madre, de la que nos llevó en su seno y nos crió. Cercanía que llevaba en sí la vivencia de virtudes como la confianza y de donde nacen actitudes como la seguridad que nos llevaban a saber “dormirnos cogidos de su mano”, como reza el himno.

Todavía resta un elemento, la tarde. ¿Qué significa la tarde? Es verdad que en un primer momento parece hacer alusión al instante en que el sol declina para abrir paso a la noche. ¿No es precisamente en la noche donde más se precisa esa necesidad de seguridad y de confianza, de cercanía de la madre para dormir tranquilamente? Sí, así es. Pero “la tarde” también parece aducir otros momentos donde esa virtud debe hacerse vida.

Cómo no pensar en la “tarde” de la propia vida o en la “tarde” del trabajo. Uno y otro momento invitan a una interrogante profunda: si hay tarde hubo día, ¿y los frutos de ese día? Hemos tenido el día para aprovecharlo y hacer rendir los talentos recibidos. Vida y trabajo se unen así, de hecho. Más que un cuestionamiento que acuse desesperación en el examen, incita a dirigir la mirada precisamente a la Madre que nos ayuda a examinarnos con confianza. Sí, la tarde que es examen se afronta de manera diversa cuando se está acompañado de María-Madre. Cuando ella nos acompaña, la “metanoia” (conversión) cristiana es una realidad en el minuto a minuto de cada jornada.

Alexis Carrel, premio Nobel de medicina y converso al catolicismo tras presenciar un milagro en Lourdes, tiene una oración que rezuma esa actitud de confianza en María. Ciertamente es un grito de un hombre que lucha contra sí mismo en su afán de creer totalmente, pero también nos es válida pues la fe no sólo es origen de la virtud de la confianza sino también su meta.

“Virgen santa, socorro de los desgraciados que te imploran humildemente, sálvame. Creo que Tú has querido responder a mi duda con un gran milagro. No lo comprendo, y dudo todavía. Pero mi gran deseo y el objeto supremo de todas mis aspiraciones es ahora creer, creer apasionadamente y ciegamente, sin discutir ni criticar nunca más. Tu nombre es más bello que el sol de la mañana. Acoge al inquieto pecador que, con el corazón turbado y la frente surcada por las arrugas, se agita corriendo tras las quimeras. Bajo los profundos y duros momentos de mi orgullo intelectual yace, desgraciadamente ahogado todavía, un sueño, el más seductor de todos los sueños: el creer en ti y el de amarte como aman los monjes de alma pura”.

Jorge Enrique Mújica, LC



Fuente: Gama
06.02.2008
Autor: Armando Cuéllar, LC
La gran obra de una vida es la fidelidad

Amar, entregarse, sacrificarse, donarse… son diversas formas de conjugar la fidelidad.
Es bien conocida la historia de El Señor de los Anillos. Frodo, de un momento a otro se encuentra enredado en la historia de un anillo que significa la salvación de toda la Tierra Media. Ha sido elegido para una misión que jamás había sospechado. No está sólo. Tiene una comunidad.

La pequeña comitiva pasa por mil peripecias para conseguir su objetivo. La nieve pantanosa en las montañas nevadas, la batalla en las Minas de Moria. Gandalf desparece. Las sucesivas peleas contra los orcos. La gran victoria frente al reto que se les presentó en el abismo de Helm. La destrucción de Sarumán. Al final Frodo se queda solo. También Sam se ha separado.

Tolkien plasma de modo loable el aspecto psicológico del protagonista en estos momentos. Toda la responsabilidad recae sobre Frodo. No tiene a nadie. Su fidelidad es la suya y nadie le puede sustituir. Los enemigos siguen al acecho. Ha recibido una misión y que se cumpla depende de él y sólo de él. Todos conocemos el desenlace de la historia. Hizo hasta lo imposible y la providencia se encargó de que el anillo fuera destruido..., junto con Gollum.

Todos hemos recibido una misión y la obra de nuestra vida es realizarla. La fidelidad es una virtud que se consigue día a día, minuto a minuto. Es la constancia en las propias determinaciones. En el campo humano y profesional ésta alcanza su mayor grado en la realización de la propia elección de vida. A Frodo le ofrecieron la misión de destruir el anillo, aceptó y fue consecuente con su respuesta hasta donde pudo.

Esto exige varios requisitos: objetivos claros, constancia, tenacidad, reciedumbre, “amor a la camiseta”, cultivo de los detalles en la vivencia de lo que se ha elegido. Con los actos de hoy construimos el hombre maduro que queremos ser mañana. La fidelidad es la corona y la gloria del hombre que ha amado con pasión lo que ha hecho de su vida.

La fidelidad es una virtud que está al alcance de todos y que tiene infinitas expresiones en cualquier campo de la vida humana. Es fiel el amigo que no vuelve la espalda a los suyos en los momentos de dificultad, más aún los acompaña y les brinda todo su apoyo moral y material.

Es fiel el novio que ni de lejos juega con el amor de su prometida, sino que lo cultiva con los pequeños detalles de cariño y afecto: la invita a salir, la respeta, evita lo que le molesta.

Es fiel el esposo que, después de una larga aventura de años y años con su mujer, cada mañana le brinda la misma frescura de su amor en su beso de “¡Buenos días!”. Reina entre los dos un ambiente de total confianza porque saben que son fieles y ninguno fallará.

Es fiel el hombre consagrado que cada mañana se presenta ante su Señor con una sonrisa en los labios y un sincero “Gracias por el nuevo día. Aquí estoy para hacer tu voluntad”.

Nadie es verdaderamente fiel por temor al castigo. Esto no sería auténtica fidelidad. La fidelidad es un compromiso que nace de lo más hondo de nosotros mismos. Es un “conozco las consecuencias y quiero, con todo lo que implique…”. El hombre fiel es el que confirma su opción fundamental con cada una de las pequeñas decisiones que forman el entramado de su existencia. Es un hombre libre que aceptó y sigue aceptando, que amó y sigue amando. La fidelidad es la confirmación diaria de un sí que no pertenece al pasado.

Los frutos del que es fiel no se hacen esperar. La felicidad profunda y la alegría verdadera vienen a constituir el fruto más evidente de la auténtica fidelidad. El hombre fiel es maduro, sincero, trabajador, realista. Hay una coherencia entre lo que es y dice ser.

Ser fiel es creer, confiar, amar…, sufrir con resignación, aguantar con paciencia, esperar contra toda esperanza, luchar sin desalentarse, empeñarse en la meta, apasionarse por el ideal, perseverar en medio de las más atroces dificultades… para corresponder a otro que primero nos ha sido fiel. Para nosotros, católicos, ese Otro se escribe con mayúscula y su nombre es Jesucristo.

Para el cristiano ser fiel significa corresponder al inmenso amor de Dios a la propia persona. Ser un fiel católico no significa cumplir pura y secamente los mandamientos… “porque si no me voy a condenar”.

La fidelidad no se edifica sobre los cimientos inconsistentes de una moral negativa que cifra todo en torno al “no”. La formulación negativa de algunos mandamientos del decálogo tiene su razón de ser en el Amor, que jamás es negativo: “Amarás A Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Renunciamos a aquello para amar más a Dios.

“El cristianismo es el encuentro con una persona: Jesucristo”, nos decía el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica. Es a Él a quien le somos fieles, porque antes él ha sido fiel a su amor hacia nosotros.

La gran obra de una vida, sea en el matrimonio, sea en la vida sacerdotal o religiosa, sea en el campo profesional o social se encuentra en la fidelidad a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Cada uno, como Frodo, tiene una misión para la que fue creado por Dios. Está en sus manos realizarla o hacerla fracasar.

Dificultades y sufrimientos no faltarán, y esto se constata en toda vida humana. Pero el hombre fiel tiene su mirada clavada en un ideal y nada lo mueve de allí.

El grado de plenitud de nuestra vida es el grado de lo fieles que somos. Siendo lo que somos y hemos elegido ser llevaremos en alto nuestra dignidad de cristianos, católicos, seguidores de Jesucristo, seguros de alcanzar un día no muy lejano la recompensa prometida: “Ven siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, te recompensaré en lo mucho, entra en el gozo de tu Señor…”

Armando Cuéllar, LC



Fuente: Gama
06.02.2008
Autor: Vicente D. Yanes, LC
La autenticidad, la mejor versión de ti mismo

Cuando decimos que alguien es auténtico señalamos que en él encontramos a una persona genuina, que no busca aparentar algo diferente a lo que es, que no tiene miedos en presentarse como es. A veces podemos confundir la autenticidad con el descaro o con una sinceridad mal entendida y bastante despreocupada de lo que piensen y digan los demás frente a las propias acciones, palabras o maneras de pensar. Es cierto que la autenticidad implica "ser como uno es", pero no de cualquier manera.

Ser una persona auténtica no es sólo "ser como soy" –y que los demás me aguanten porque "así soy"–, sino ser lo mejor que yo puedo ser. Esto no es fingimiento, ni hipocresía; todo lo contrario: es fidelidad a la propia identidad, coherencia profunda con uno mismo y verdadero amor a lo que uno es como persona única e irrepetible. Cuando buscamos elevar nuestra situación, nuestra manera de ser, estamos actuando de acuerdo con nuestra naturaleza, que tiende siempre hacia lo mejor. El hombre no es un ser “ya hecho” del todo, puede perfeccionarse cada vez más por medio del ejercicio de su inteligencia y voluntad. Al alcanzar ese estado superior, o mejor, mientras estamos en la lucha por conseguirlo, seguimos siendo nosotros mismos. No estamos actuando ni representando un papel que no nos corresponde.

Un ejemplo sencillo puede ayudarnos a entender con más claridad lo dicho: La mayoría de los coches van mejorando su modelo año con año. En ocasiones los cambios pueden ser pequeños, como el cambio de los acabados internos, el color y la calidad de la tapicería. Otras veces, pueden ser más sustanciales: se amplía el espacio de la cabina, se instala un navegador vía satélite, se optimizan los frenos, la suspensión y el motor y la carrocería luce un diseño más fino y elegante. ¿Es el mismo auto? Sí, pero mejor.

Ya hemos hablado, aunque de modo tangencial, de que ser auténtico requiere un esfuerzo por dar lo mejor de lo que uno es. Es importante resaltar que no debemos preocuparnos por imitar o copiar las actitudes, la personalidad o la forma de ser de los demás. Hay quien actúa como otras personas no porque desee ser mejor él mismo, sino porque no quiere ser como es. Quiere ser algo diferente de lo que es, ser igual o semejante a otra persona a la que admira; pero nunca lo conseguirá, precisamente porque son diferentes. Y aquí diferente no quiere significar de suyo “mejor” o “peor”. Claro que una persona puede ser mejor que otra, pero la diferencia no estará en su personalidad sino en aquello que ha hecho con la misma y con el resto de sus cualidades y limitaciones.

Para ser auténtico, la primera regla es ser uno mismo. Podemos aprovechar el ejemplo de algunas personas como inspiración y como estímulo, pero no esperemos llegar a ser exactamente como ellas, ni perdamos el tiempo en intentarlo. Decía Giacomo Leopardi: “Las personas no son ridículas sino cuando quieren parecer o ser lo que no son”. Si la “piratería” en el campo del mercado es nefasta, en el campo de la personalidad es todavía más funesta.

¿Cómo podemos trabajar para conseguir una personalidad auténtica? Junto a la primera regla que ya hemos enunciado es muy necesario un conocimiento personal claro, sereno y objetivo. Este conocimiento debe abarcar nuestro pasado, nuestro presente y, en cierta medida, nuestro futuro entendiendo por éste el objetivo o meta que nos hemos fijado en la vida. Si no nos conocemos, no sabremos con qué “material” contamos –puntos positivos y negativos– para realizar nuestra personalidad.

Otro punto importante es mantener una coherencia a rajatabla con aquello que sabemos que es bueno y correcto: fidelidad a nuestros valores más íntimos. Es éste un aspecto no fácil de la vida, pero es el que en definitiva nos hace ser mejores o peores. No es que somos aquello que hacemos, pero nuestras acciones son un reflejo de lo que somos. En cierto sentido, el adagio de los escolásticos “agere sequitur esse” (el actuar sigue al ser) puede aplicarse perfectamente a lo que tratamos. Pero también es verdad que nuestras acciones modifican lo que somos, para bien o para mal: lo que hacemos dice mucho más de lo que hablamos o de lo que buscamos transmitir.

También es preciso preguntarse por qué quiero cambiar –por qué deseo ser auténtico– y si quiero realmente superarme a pesar de todas las dificultades. El solo “querer ser mejor” no basta. Hay que estar convencidos de que la autenticidad es un bien para nosotros porque es la verdad y no el fingimiento ni la medianía la que hace feliz al hombre. Será esto lo que nos mantendrá firmes en la tarea por no negar lo que somos, por afirmarnos a nosotros mismos.

Una vez definido quiénes somos, cómo debemos ser y si lo queremos con fuerza o no, no queda más que esforzarse día con día, en cada acción, grande o pequeña, por ser un constante "sí" (Cf. 1 Co 1, 19). Puede haber caídas, que son sólo una oportunidad para levantarse. El hombre auténtico es el que busca decir "sí", con fe y con amor, a ese proyecto que es él mismo. El oro no lo es porque lo parezca, sino porque lo es en verdad.

Vicente D. Yanes, LC



Fuente: Gama
16.01.2008
Autor: Evanibaldo Díaz, LC
Lo que te enseña una sonrisa

Todos hemos experimentado alguna vez el enigmático poder de una sonrisa. Verla tatuada en un rostro es símbolo de aliento y esperanza. Sin duda hay muchas maneras de hacer las cosas: a la fuerza, a regañadientes, por responsabilidad, por exhibicionismo o caridad... pero, cuando observamos que se hacen con una sonrisa, encontramos un latente secreto que trasciende el espacio físico entre las comisuras de los labios. Y digo latente porque una sonrisa es como un secreto a voces, como un corazón sano que bombea serenidad y solaz a borbotones. Se trata de algo muy sencillo, pero que trasluce una fuerza interior capaz de cambiar la existencia.

Una sonrisa es, sí, símbolo de alegría. Y la alegría es capaz de transformarlo todo. Es como un tesoro inacabable que, mientras más da, más se llena. Quien muestra una sonrisa transpira alegría, atrae y nunca deja las cosas igual. Todos queremos, es más, buscamos, estar con quien nos anima y estimula. Puede ser que la vida nos trate mal, pero el estar con personas alegres es siempre un rellano en la montaña de la vida. Y cuando esas personas se apartan, dejan un hueco profundo en el alma y se van de la historia dejando en herencia un mundo mejor.

Y es que no se trata de una alegría hueca, como un globo que apenas toca la punta de un alfiler y explota. Me refiero a esa alegría llena, profunda, cuyas fuentes son más hondas que las distracciones o el placer. Estos a lo mucho tienen como fruto una carcajada, cuando no se quedan en una risa de apariencia y falsedad.

La alegría no es tampoco mero optimismo, es decir, espera insegura de que las cosas irán mejor. La alegría se teje con otra tela: la de la fidelidad a uno mismo. Es alegre quien se conoce, se acepta y busca mejorar en todo. La doblez, el querer al mismo tiempo ser y no ser lo que se es causa la amargura y la tristeza. La persona alegre no niega sus limitaciones ni se tapa los ojos ante las dificultades de la vida; las acepta, las afronta, las sufre, pero jamás, nunca, se traiciona a sí misma: tiene esperanza.

Y esta esperanza no le viene sólo de ella misma o de sus ganas de progresar. Es alegría que se transforma en "en-tusiasmo": fruto de haberse en-diosado, embebido, permeado de Dios. Por eso es tan profunda, porque sólo Él sabe su causa verdadera, que muchas veces se confunde entre el dolor, el sacrificio y la negación a uno mismo, tratando de ser generosa con un designio más maravilloso y duradero. Por eso Hernest Hello llegó a decir: "Señor, la tristeza es el recuerdo que conservo de mí mismo; la alegría, el recuerdo que conservo de Ti".

Y de aquí que la alegría sea una virtud tan cristiana, porque, si es verdadera, no puede tener otra fuente que Dios, y la fuerza y el poder de aquella simple sonrisa se encuentran fundados en Él. El cristiano, si es sincero, no puede ni debe ser un hombre triste: es como una contradicción. Sabemos que Cristo estuvo triste en Getsemaní, pero fue precisamente cuando sentía que su Padre estaba lejos. En cambio, pasó su vida pública transmitiendo alegría los cojos, a los ciegos, a los endemoniados y a las pecadoras. Los únicos que no la recibieron fueron quienes no la aceptaron.

Quizá usted, leyendo este artículo ha tomado también una decisión: la de pertenecer a ese grupo oculto de personas que mantienen la esperanza en el mundo; la de formar parte de aquellos que con un simple gesto transmiten su felicidad y a Dios. Su sonrisa vale mucho más que mil libros, mil discursos o programas televisivos, porque es capaz de abrir una puerta a la eternidad en medio de los avatares del tiempo. Su sonrisa será capaz de decir a los hombres con un simple gesto, aquello que Dostoievski escribía hace muchos años en los Hermanos Karamazov: "Amigos, no pidáis a Dios el dinero, el triunfo o el poder. Pedidle lo único importante: la alegría".

Evanibaldo Díaz, LC



Fuente: Gama
08.01.2008
Autor: Héctor Lugo, LC
La medicina del alma - La humildad

«La vida es sueño», aseveraba Don Calderón de la Barca, y no sin razón. Con frecuencia identificamos los sueños con el candor ingenuo de la juventud, pero la verdad es que para un hombre dejar de soñar es dejar de existir. Todos necesitamos de sueños que alimenten el alma y den sentido a nuestra vida. El ingeniero sueña con un lucrativo sistema computacional, el abogado en montarse sobre un BMW, el prisionero en caminar libre por las calles, el policía azotando el crimen al estilo James Bond, y el ciego en contemplar a las personas que ama. Y así todos vamos proyectando una barahúnda de deseos que pincelamos en cuadros de mil colores y formas. Pero en el fondo, todos soñamos en lo mismo: soñamos en ser felices.

Pero, ¿por qué nos huye la felicidad cuando alcanzamos esos sueños?, ¿a qué se debe esa tacañería y falta de educación?, ¿de dónde ese absurdo?

Quizá acaece, porque hemos despreciado el supuesto de toda felicidad: la humildad. Suena extraño, pero la experiencia nos habrá enseñado que el mundo está cuajado de paradojas, y esta, sin duda, es una de ellas.

Mientras que otras virtudes ensanchan nuestros pechos y nos evocan bellos paisajes, la humildad, por el contrario, tiene un sabor amargo y más bien, nos recuerda el fracaso y la miseria. Por eso no es raro que concibamos la humildad como un artificio medieval, un analgésico del mediocre o el apellido del zonzo del salón. A tal grado nos convencemos de ello, que llegamos a entender que manso y menso son sinónimos, o por lo menos parientes de significado. Pero la realidad es bien distinta.

La humildad, de suyo, tiene una carga fuertemente positiva. La humildad es la condición necesaria del amor, dimensionado en aquella fórmula radical y revolucionaria: "Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti mismo". Porque el amor es la fusión con el amado a través de una negación (humildad), que nos autoafirma y enriquece. Negación que no es por otra parte, una pura negación ciega; al contrario, es una negación de una falsa concepción de lo que decimos amar. Y en este sentido, la humildad entra en la esfera de la verdad. Por ello, qué bien dijo la Santa de Ávila al engalanar la humildad con la verdad: «la humildad es la verdad». He aquí su razón de ser.

Decimos que un buen televisor es aquel que nos hace protagonistas de la serie, que una buena licuadora es la que cumple con los milagros que garantiza el empaque, y que un buen perro es el que ahuyenta las visitas indeseadas. Pero en el caso del hombre su realización trasciende el tiempo y el espacio, ya que es un ser capaz de conocer, querer y sobre todo de amar. Por ello, escribía San Agustín lo siguiente: «Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Y precisamente en esto consiste la primera parte de la humildad, en reconocer a Dios como lo que es para poder amarlo de verdad. Así, la humildad consiste en tener el coraje de romper el cascarón de nuestro egoísmo, en acabar con nuestros esquemas de autosuficiencia, abrir nuestro corazón y dejarnos sorprender por el cariño de un Dios que supo sacar del polvo, hijos a su imagen y semejanza. No por nada el diablo, cuyo significado etimológico es "el que divide", tiene como principal empeño separarnos de Dios, a través de la seductora locución "y seréis como dioses", que hoy se disfraza con el nombre de "libertad", "tolerancia", "igualdad", "salud..." Sin embargo, la historia que es elocuente, nos ha enseñado que tener la bendición de Dios es garantía de éxito. El Arca de Noé fue construida por aficionados; el Titanic por profesionales.

Pero la humildad se cristaliza también en el día a día. Curiosamente los términos humildad y humanidad hunden raíces en el mismo origen: "humus" que significa polvo, tierra, humo. Así que la humildad de cara al prójimo será amarle por lo que es y tal como es. También es alegrarse con las victorias del prójimo y perdonar sus errores naturales, ya que posiblemente el motivo de tantos matrimonios destruidos, familias divididas, conflictos sociales se deben a que nos ha faltado humildad. Pero si miramos un poco el Evangelio, descubriremos que Jesucristo no amó únicamente a "súper-hombres" inmaculados, sino que amó a publicanos, pecadores y hasta sus propios enemigos. Además no perdió nunca la confianza en sus "grandes" apóstoles, de los cuales uno le vendió y los demás pusieron "a todo vapor" sus piernas cuando la sombra de la cruz se presentó.

Pero, sin duda, la parte más difícil de la humildad, es el justo reconocimiento de nosotros mismos, y en consecuencia el justo amor a nosotros mismos. Y es un reconocernos como somos, sin un más y sin un menos. El hombre humilde es el que acepta sus defectos, ese que sabe decir "no sé", uno que aprende a fracasar sin desfallecer, aquel que transforma en amor el sufrimiento que lo limita. Pero, sobre todo, el hombre humilde es aquel que reconoce los propios talentos como dones de Dios que van aparejados a una misión Porque sencillez sin humildad es timidez, inteligencia sin humildad es corrupción, caridad sin humildad es hipocresía, docilidad sin humildad es adulación, pobreza sin humildad es resignación, dolor sin humildad es un ridículo. Sin embargo, la fe con humildad es certeza, la oración con humildad es gratitud, la vida con humildad es un milagro, y el hombre humilde es un homenaje a su Creador.

En definitiva, la humildad es una actitud que nace del y para el amor. Y si nos parece amarga es porque es una buena medicina del alma, en cuanto que nos purifica; nos hace más del amado y menos de nosotros mismos. Así que cuando soñemos en ser felices, recordemos a Aquél que nos dijo: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso".

Héctor Lugo, LC



Fuente: Gama
28.12.2007
Autor: Fabrizio Andrade LC
La fortaleza

Cuando en el mundo se exalta la fuerza física y la violencia lo que se demuestra es su debilidad moral ante las adversidades, las pasiones, las inclinaciones, y ante las modas de nuestros tiempos. La virtud de la fortaleza es quizá la virtud que las personas desean y admiran más. La admiran en los héroes que afrontan con audacia los peligros, incluso arriesgando la vida. La admiran en los santos que son capaces de realizar actos que van más allá de las posibilidades humanas. La admiran también en las personas comunes que, en situaciones de emergencia, manifiestan dotes de fortaleza insospechadas.

La fortaleza, explicada en el catecismo, es "la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa". (Catecismo de la Iglesia católica, 1808)

Según la doctrina de Santo Tomás de Aquino, la virtud de la fortaleza se encuentra en el hombre que está dispuesto a afrontar los peligros; y en el que está dispuesto a soportar las adversidades por una causa justa, por la verdad, la justicia, etc. Como vemos son dos actitudes, una pasiva y otra activa.

A la primera la podemos identificar con la paciencia que no solamente es "aguantar" los sufrimientos que nos vengan, sino ser perseverantes en la fe y en nuestro compromiso. Junto a esta actitud pasiva, también es necesaria una actitud activa: la fortaleza en sí, que nos permite afrontar los peligros. La fortaleza es la característica principal de los mártires y es la corona que consiguieron, no por sus méritos y talentos, sino con el trabajo constante y como una gracia recibida de Dios.

Como toda virtud, la fortaleza se adquiere a base de pequeños actos, a base de constancia, de amor y de oración. Los mártires que nos dan testimonio de ella no recibieron la fortaleza en el momento en que el verdugo descargaba el hacha con toda su fuerza; tampoco cuando el que padece de cáncer se encuentra en una sesión de quimioterapia; mucho menos cuando una madre sufre la pérdida de uno de sus hijos. La fueron adquiriendo poco a poco, con pequeñas acciones de fortaleza, como un sacrificio, una oración de súplica, un ofrecimiento.

La fortaleza tiene un papel muy importante en el progreso espiritual. Sin la prudencia las virtudes serían ciegas, sin la justicia serían desequilibradas, y sin la fortaleza serían frágiles y vanas. La fortaleza es una condición de toda virtud porque expresa la firmeza en las obras. Es así porque la práctica de la virtud es difícil, tanto que las personas no dudan en someterse a fatigas físicas de todo genero, pero no a aquellas de carácter moral que exigen la ascesis de la voluntad. El vicio es infeliz, y la virtud es feliz, pero como la virtud implica esfuerzo y firmeza de la voluntad, el hombre termina por renunciar a la única vía que lleva a la realización de sí y a la felicidad.

Sólo tendrá el valor de virtud cuando esté encaminada hacia el bien. "Es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien"- nos dice le Catecismo de la Iglesia Católica. Así que el ánimo y el valor que el hombre utiliza para hacer el mal no lo podemos calificar como virtud. Enaltecemos el esfuerzo de una persona que lucha por ser fiel a sus compromisos, pero no al que utiliza la fuerza y el ánimo para cometer un crimen. Lo que transforma el ánimo en fortaleza es la orientación hacia el bien.

Uno de los peligros de la fortaleza es el miedo. Ante la inseguridad a la fidelidad sentimos miedo al fracaso, miedo a equivocarnos, miedo a hacer una elección errónea. Un miedo, que por una parte es válido, ya que somos personas humanas, débiles, y por tanto, con una natural inclinación hacia el pecado. Pero por otro lado que no debe tener cabida en nuestra vida cristiana, ya que Cristo se encuentra con nosotros especialmente en los momentos de más necesidad. Cristo nos lo repitió: "¡Ánimo!: Soy yo, ¡no tengan miedo!". Nos anima a dejar a un lado los temores, el pánico, las preocupaciones, las angustias, las ansias y las inquietudes. ¿Y al miedo hacia la muerte? También Cristo nos estimula a vivir con coraje: "¡Ánimo!: Yo he vencido al mundo".

La fortaleza es ante todo un don y una gracia que hay que pedirla con perseverancia. Cristo se compadece de los débiles, de los frágiles y de los humildes. Tiene una especial predilección hacia aquellos que son conscientes de su flaqueza y de su nada. Como David, ante el gigante Goliat; como Moisés ante el faraón y la misión de liberar al pueblo de Israel. Como san Pablo, que se tenía como el más débil, lo vemos como el más fuerte de todos, incluso hasta afrontar el martirio, no por mérito suyo sino porque reconoció su pequeñez y su nada y confió en el Señor. "Todo lo puedo en aquel que me conforta". Dios realiza sus obras más grandes con los instrumentos más débiles.

Fabrizio Andrade LC



Fuente: Gama
21.12.2007
Autor: Juan Pablo Rendón, LC
La formación

Nadie puede tener toda la ciencia en su cabeza. Se conocen personas que quieren conseguirlo y es admirable su esfuerzo y aquello que pueden lograr, pero desafortunadamente no lo pueden tener todo en la memoria. En el siglo XV y XVI se conseguía saberlo todo, pero a base de mucha esfuerzo y sincero deseo. Muestra de ello es el gran Leonardo Da Vinci, el hombre universal: pintor, escultor, científico - estudios de anatomía, botánica, vuelo de aves... - ingeniero, músico. El saber humano era aún pequeño, y era posible abarcarlo. De igual forma en el siglo XVIII se logró hacer un compendio de toda la sabiduría conocida por medio de la enciclopedia. Era relativamente fácil estudiarla. Resultaron veintiocho volúmenes de todo el saber humano. No fue tarea muy complicada.

Si antes se logró, ¿por qué ahora no? Lógicamente todos nuestros saberes ya están escritos, pero ahora es sumamente difícil que un hombre lo pueda saber todo; ya que la ciencia y la técnica han dado pasos gigantescos en el siglo pasado y continúan dándolos.

Si una persona logra ser arquitecto es probable que pueda estudiar también medicina. Podrá de igual forma sacar su título de abogado, pero... ya se le está acabando la vida. Ha logrado cubrir tres campos del saber, pero es muy poco para saberlo todo.

En medio de tantos gritos (moda, libertad, dinero, naturaleza, deporte...) hay uno que es más sonoro y aún así sobresale por encima de los otros, este es el de la formación.

Para no ser un extraño en este mundo es necesaria la formación. Somos hijos de nuestro tiempo y debemos estar en él con conciencia de lo que somos. No es correcto tomar una actitud indiferente, apática. Por eso vemos que esta tendencia a tener una buena formación es cada día más común y corriente. No se necesitan muchas técnicas ni métodos para comprender lo importante que es.

La mayoría de las personas lo saben y viven dándole gran importancia a esta realidad. Pero, ¿saber por saber? No. La clave está en saber saber. En medio de tanta información te ahogas, es necesario aprender a saber. Miles de datos giran alrededor de nosotros: cifras, estadísticas, esquemas, resultados, aspectos comprensibles, etc. Todo esto es llamativo y sería muy interesante tenerlo bajo nuestro dominio, pero a veces estamos expuestos a ser un objeto manipulable por información externa y quizá errónea.

Cada persona que quiera progresar, que quiera ser útil en esta vida tan corta que tenemos, debería tener su propio "firewall" a ejemplo de los usuarios de Internet. Nadie te va a formar, tú mismo eres quien debes formarte, eres tú quien te construyes poco a poco utilizando aquellos materiales que más te sirvan.

Como persona humana somos únicos; Dios nos ha dotado de cualidades y depende de nosotros el fruto que de ellas resulten. Dios también nos ha dado libertad para decidir nuestros intereses, cuál será la carrera, cuáles serán nuestros estudios, y todo depende en el por qué y por quién lo hagamos. Lo que nos realizará no serán los actos que realicemos para y por nosotros, sino lo que hagamos por Dios y por nuestros hermanos, los hombres.

Hacen falta personas preparadas, no personas que saben mucho, sino personas que han sabido aprender. No personas que sólo estudian para su propio provecho, sino personas que son conscientes de que a su lado hay otros seres humanos que le piden una mano de ayuda. No es simple filantropía, es ley natural, es la forma de vivir junto a los otros seres que también han sido pensados por el creador.

Esto parece una invitación como muchas otras: lo es, y está de nuestra parte aceptarla, está de nuestra parte ser personas a la que se les puede agradecer. Tu formación depende de ti, pero recuerda que no sólo es para ti, ¿acaso no habrá otro faro que ilumine un mundo lleno de tanta oscuridad?

Juan Pablo Rendón, LC



Fuente: Gama
17.12.2007
Autor: P. Fernando Pascual, LC
Con un poco de prudencia

"Detente, no tengas prisas". "¿Tienes de verdad claro lo que vas a hacer?". "Piénsalo bien, no sea que al final tengas que arrepentirte". "Lo importante madura lentamente". "No sigas el consejo de lo fácil. Escucha la sabiduría de las canas".

Estos y otros consejos parecidos nos llegan una y otra vez para invitarnos a vivir una virtud que resulta central para toda vida humana: la prudencia.

¿En qué consiste la prudencia? El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1806) ofrece la siguiente definición:

"La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo".

Con esta simple definición encontramos dos aspectos centrales de la prudencia. Uno se refiere al bien verdadero. Otro a la elección de los medios.

Nuestra vida se desarrolla en una serie continua de elecciones. Un vestido o un trabajo, una escuela o un tipo de cerradura, una comida o un paseo: a todas horas, en todos los lugares, hemos de decidir.

Las decisiones siempre miran a un objetivo: lo bueno, lo correcto. Los problemas surgen cuando "parece bueno" lo que no lo es. El paraguas más brillante resulta estar lleno de agujeros. El coche que parecía nuevo tiene serios problemas en los amortiguadores porque ya había sido usado. La tarde espléndida empleada en un paseo para oxigenar los pulmones se ha convertido en el inicio de una gripe insidiosa por culpa de un vientecillo engañoso.

Vemos así que casi todo lo que escogemos "parece ser bueno", cuando no lo era. Otras veces, eso "bueno" nos daña de mil maneras insospechadas: o porque nos hace egoístas, o porque nos lleva a ser avaros, o porque destruye las relaciones familiares, o porque nos impide amar a Dios sobre todas las cosas, o porque nos encierra en un mundo pequeño que no deja espacio al compromiso por la justicia y por la paz.

Ante tanto error y tanto daño, la virtud de la prudencia nos lleva a reflexionar con más calma, a sopesar los pros y los contras de cada decisión, y a considerar seriamente si lo que simplemente "parece" bueno lo sea en realidad. Nos permite, en otras palabras, buscar aquel bien realizable que mejor corresponda a los deseos más profundos de nuestro corazón. De este modo, nos será más fácil acertar a la hora de escoger lo que sea realmente bueno, y lo escogeremos siempre en un horizonte de magnanimidad que nos abra al amor a Dios y al prójimo.

En segundo lugar, la prudencia nos ayuda a descubrir y escoger los medios rectos para alcanzar nuestras metas. Porque no basta con que el fin sea bueno para que ya automáticamente cualquier medio sea correcto y eficaz.

¿Quiero curar a un enfermo? Puedo darle, por mi cuenta, y sin ningún consejo, un coctel de medicinas. A las pocas horas el pobre enfermo estará, seguramente, más cercano a la muerte que a la vida... "Pero mi intención era buena". "Sí, pero no pensaste con prudencia que lo mejor en estos casos es acudir al médico..."

Por eso, antes de tomar una opción, necesitamos pensar no sólo si es bueno lo que queremos hacer, sino también si los medios y caminos escogidos para nuestro objetivo son correctos.

Nunca está de más recordar que necesitamos una buena dosis de prudencia en las mil decisiones de la vida. Especialmente en las decisiones que deciden nuestro futuro temporal y nuestro futuro eterno.

La Escritura, por eso, nos dice: "El hombre cauto medita sus pasos" (Pr 14,15). En un salmo se nos presenta a actitud profunda de quien contempla en todo momento la Ley del Señor para adquirir un corazón sensato y prudente:

"Más sabio me haces que mis enemigos por tu mandamiento,
que por siempre es mío.
Tengo más prudencia que todos mis maestros,
porque mi meditación son tus dictámenes.
Poseo más cordura que los viejos,
porque guardo tus ordenanzas.
Retraigo mis pasos de toda mala senda
para guardar tu palabra.
De tus juicios no me aparto,
porque me instruyes tú" (Sal 119,98-102).

Así tenemos que vivir: en una meditación continua de la ley del Señor. Que nos hará ser prudentes al permitirnos descubrir el verdadero bien para nuestra vida. Que nos llevará a buscar, en un diálogo continuo con el Espíritu Santo, la luz en cada una de las mil decisiones con las que escribimos nuestra historia y la de tantos corazones que dependen de nosotros.

P. Fernando Pascual, LC



Fuente: Gama
14.12.2007
Autor: H. Alfonso Terán, LC
La constancia, medicina contra el fracaso

El fracaso es una realidad. Muchas veces no se puede evitar, las cosas empiezan a complicarse y aquellos puntos sobre los que nosotros poníamos toda nuestra confianza, comienzan a ceder, como columnas de un foro romano que ya no puede resistir. Entonces sucede lo inesperado, o lo previsto: el fracaso. Y luego el fracaso engendra el pesimismo, y el pesimismo nos cubre de púas, haciéndonos intratables; nos encerramos, "nos sentimos fracasados".

En primer lugar, no todo el que fracasa es un fracasado. El fracaso no es sino una ocasión para hacer de un fallo una experiencia. Y la experiencia nos hace experimentados, con la posibilidad de convertirnos en expertos.

En segundo lugar, hay fracasos que se pueden evitar: muchas de las cosas que nos suceden, suceden por un solo motivo: nuestra falta de constancia. Nunca, la falta de constancia, nos dará un éxito. Nos puede dar una "chiripa", pero no nos dará jamás un éxito. Los éxitos son frutos de la constancia. La importancia de la constancia es evidente en el atleta campeón, en el santo, y en quien ha triunfado, de algún modo, en la vida.

La constancia es la fortaleza, pero la fortaleza continua, la fortaleza en el momento presente, y en el que sigue, y en el que sigue.

Una forma muy original de ver el tiempo es ésta: "el presente es ese instante que convierte el futuro, que aún no existe, en pasado, que ya no se cambia". El presente es el único momento que tenemos, el único del que disponemos. La constancia es ser fuerte en este momento, hasta que el momento del éxito llegue./

Así es que yo puedo ser constante hoy. No sé si ayer no fui constante, no sé si mañana podré serlo, o no, pero ahora puedo. Y lo seré. Cuesta mucho ser constante una semana, un mes, un año. Pero ser constante ahora, eso sí que se puede hacer.

Cuando el río Colorado vio la gran meseta sobre la que el Creador lo había puesto, se propuso cavar allí un gran cañón. Y comenzó a correr con toda su fuerza rascando la roca, pero no hacía nada. Pasaban los años y el Colorado no profundizaba nada. Y se desesperaba. Un día llegó un buitre sabio y le dijo al río "¿Qué te pasa? ¿Por qué estás enojado?" "¡Llevo años rallando roca y no he hecho nada! ¡Soy un inútil!" respondió el río. "Ah," dijo el buitre, "la constancia no consiste en hacer todo hoy. Sino en hacer hoy lo que me toca hacer, todo lo que me toca hacer, y sólo lo que me toca hacer". El río se quedó pensativo. Se tranquilizó, y comenzó su trabajo. Ahora, después de seis millones de años, ya ha cavado veintinueve kilómetros, y sigue adelante.

No nos desesperemos por el mañana ahora, aprovechemos el hoy, y cuando el mañana llegue, ya será hoy y, entonces, lo aprovecharemos.
--¿Y el fracaso?
--¿Cuál fracaso? Mis fallos no son sino experiencias. Mis fallos me enriquecen. Por lo demás, el ayer ya no lo puedo solucionar. Es inútil que me ponga a llorar porque derramé la leche ¿qué solución tiene?

He aquí la conclusión: soy una persona, soy cristiano. Tengo un deber, y tengo un tiempo para hacerlo. No es justo ni provechoso despreocuparme, ni preocuparme. Lo justo, necesario, y provechoso, es ocuparme con constancia en mis deberes, entre los que se encuentran, en primer lugar, mi relación con Dios, y en segundo lugar, mi relación con el prójimo.

H. Alfonso Terán, LC


Fuente: Gama
11.12.2007
Autor: P. Antonio Rivero, LC
La justicia

"Dar a cada quien lo suyo". Así se ha definido siempre la justicia.

Si vamos a la etimología, justicia proviene del sustantivo latino "ius", que significa derecho. Es justo el hombre que concede a cada uno sus derechos, lo que le es debido por ser lo que es en todos los órdenes. Por tanto, la justicia consiste en la constante y firme voluntad de dar a los demás lo que les es debido.

La justicia es un valor que acompaña el ejercicio de la correspondiente virtud moral cardinal. Desde el punto de vista subjetivo, la justicia se traduce en la actitud determinada por la voluntad de reconocer al otro como persona. Desde el punto de vista objetivo, este valor y virtud constituye el criterio determinante de moralidad en el ámbito intersubjetivo y social.

Hoy la justicia se muestra particularmente importante en el contexto actual, en que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, está seriamente amenazado por la generalizada tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de utilidad y del tener.

La justicia no es una simple convención humana, porque lo que es "justo" no es originalmente determinado por la ley, sino por la identidad profunda del ser humano.

Esta virtud regula las relaciones entre los hombres en sus múltiples manifestaciones: con Dios, con los demás y consigo mismo.

Tenemos que ser justos, primero, con Dios. La justicia con Dios se llama virtud de religión. Debemos dar a Dios honor y gloria. Debemos dar a Dios el primer lugar. Y esto se demuestra en dedicar un tiempo al día para agradecerle la vida, la fe, y tantas gracias que a diario Él nos da en el orden espiritual y material, familiar y laboral. Aquí entrarían esos minutos al día para leer la Biblia y entrar en diálogo con Él. Aquí entraría ese participar activa y fervorosamente de la misa dominical. Aquí también la oración de agradecimiento antes de las comidas. O ese rezo del rosario en familia. Todo esto es justicia con Dios por ser quien es: nuestro Señor, nuestro Padre y nuestro Dios.

Tenemos que ser justos, sobre todo, con los demás. Esta justicia garantiza básicamente el respeto mutuo en el uso de los bienes que Dios nos ha otorgado, que son para todos y que miran no sólo a nuestra utilidad en este mundo, sino también para que nos ayuden a llegar hasta Dios. El Magisterio social de la Iglesia evoca al respecto tres formas clásicas de justicia: la conmutativa, la distributiva y la legal. Dice el Catecismo de la Iglesia católica: "Los contratos están sometidos a la justicia conmutativa, que regula los intercambios entre las personas y entre las instituciones en el respeto exacto de sus derechos. La justicia conmutativa obliga estrictamente; exige la salvaguardia de los derechos de propiedad, el pago de las deudas y el cumplimiento de obligaciones libremente contraídas. Sin justicia conmutativa no es posible ninguna otra forma de justicia. La justicia conmutativa se distingue de la justicia legal, que se refiere a lo que el ciudadano debe equitativamente a la comunidad, y de la justicia distributiva que regula lo que la comunidad debe a los ciudadanos en proporción a sus contribuciones y a sus necesidades" (número 2411). "En virtud de la justicia conmutativa, la reparación de la injusticia cometida exige la restitución del bien robado a su propietario..." (número 2412).

Por tanto, bajando a detalles, se falta a la justicia, y a veces gravemente, mediante el hurto, la rapiña, el fraude, la usura, la extorsión, el plagio, la retención injusta del algo ajeno. Se falta a la justicia, cuando por negligencia se retrasan los salarios o pagos, pudiendo hacerlo a tiempo. Mientras se pueda, convendría pagar al contado, sobre todo a los que lo necesitan, y al día siguiente de terminar el mes. Sí, falta a la justicia:

  • El patrón que retrasa el pago del salario a los obreros, sin causa justa.
  • El que se niega a pagar sus deudas pudiendo hacerlo.
  • Los que no devuelven las cosas prestadas o las devuelven en mal estado.
  • Los que engañan en la administración de bienes ajenos.
  • Los que falsifican dinero.
  • El que estafa a quien le confió la administración de sus bienes.
  • Los que guardan la cosa perdida sin buscar al dueño.
  • El que con gastos excesivos se imposibilita para pagar sus deudas.
  • Los comerciantes que provocan quiebras ficticias para declararse insolventes.
  • El que sabiendo que en el supermercado se ha equivocado la cajera y le ha dado dinero de más, y no hace nada por devolverlo.

Tenemos que ser justos, finalmente, con nosotros mismos. A esto lo llamamos humildad. La justicia con nosotros mismos significa ponernos en el lugar que nos corresponde: ni arriba ni abajo. Y si ahondamos un poco, sabemos que el lugar que nos corresponde es el último, porque somos criaturas de Dios, servidores de nuestros hermanos y además pesa sobre nosotros una realidad profunda: somos pecadores.

Tratemos de vivir esta virtud de la justicia con más conciencia, sobre todo con nuestro prójimo. Y unamos a la virtud de la justicia, la virtud del amor y de la solidariedad. Sólo así superaremos la visión contractual de la justicia, que es visión limitada. La justicia sola no basta. Puede incluso llegar a negarse a sí misma, si no se abre a aquella fuerza más profunda que es el amor.

P. Antonio Rivero, LC


Fuente: Gama
08.12.2007
Autor: P. Miguel Ángel Llamas
La templanza

"No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena" (Si 18,30).

El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1809) nos dice: "La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad".

Esta virtud no siempre es bien entendida. Algunos la minusvaloran como si fuera algo de caracteres débiles, pusilánimes o apocados. Otros la reducen mucho y no le dan toda la amplitud que ella tiene en la formación del hombre virtuoso. Veamos esto un poco más detenidamente.

En los días que vivimos, nuestra sociedad ha olvidado muchas cosas, aunque quizá lo que ha olvidado con mayor facilidad es a dominar sus pasiones, precisamente porque estas son lo más natural y primitivo en el ser humano. Hoy se abusa de la comida, del alcohol, del sexo, de las drogas, de la violencia, es decir, de todo aquello relacionado con los cinco sentidos que puede ser necesario como es el caso del alimento para la conservación del individuo y de las funciones sexuales para la conservación de la especie, o que incluso que no son necesarias, como es el caso de las drogas.

Hoy se achaca a los cristianos y más directamente a los católicos que no sabemos vivir porque no sabemos disfrutar la vida y sus placeres. Se mira a la Iglesia Católica con sospecha y se le echa en cara predicar una religión de lo prohibido: "no hagas, no digas, no pienses, no desees..." Pareciera que hoy los católicos estamos sobrando en un mundo que ha renunciado a mantener los tabúes de antes, y, según ellos, mantenemos estúpida y fanáticamente unos comportamientos y unas reglas aparentemente superadas. Vivimos en un siglo en el que la vergüenza ya no existe porque las acciones culpables ya no son consideradas como vergonzosas, y en el que la honestidad, que es la "disposición de lo perfecto para lo mejor" (Aristóteles), brilla por su ausencia. Cuántos de nosotros hemos olvidado de sentir pudor por nuestras faltas, dominados por el espíritu imperante; cuántas veces la sociedad acepta vicios, alentándonos a caer en ellos a través principalmente de los medios de comunicación, de las películas y de los anuncios.

Esto nos lleva a hablar del placer, porque en sentido genérico la virtud de la templanza se asocia al término "temperantia" relacionado con la moderación. A la templanza le corresponde regular los actos humanos que requieren moderación o contención. Dios, nuestro Creador, lo hizo todo bien y asoció a unos actos humanos concretos una especie de recompensa que se obtiene al llevarlos a cabo. De esa forma sabiamente determinó que los actos repetitivos necesarios para la vida como el comer y el reproducirse, entre otros, lejos de ser enojosos, cansinos o dolorosos fueran placenteros.

Hasta aquí la sabiduría de Dios es perfecta. Pero he aquí que el gran "sabio de este mundo", la creatura humana, decidió corregir la plana al Creador y demostrarle que no es necesario mantener la relación intrínseca que Él determinó entre el acto y el placer, y así buscó disfrutar del placer evitando las cargas y las responsabilidades de los actos implicados.

Volvamos a nuestro mundo y démonos cuenta cómo muchas personas han dejado de practicar la virtud de la templanza, que es precisamente la que nos ayuda a moderar y a equilibrar los deseos de placer a los que nuestra naturaleza tiende. El apetito natural puede llevar a la persona a realizar actos que sobrepasen la norma de la razón, elevando el plano animal sobre el plano racional. Por eso la templanza debe moderar y rectificar ese apetito natural, manteniendo el justo medio, para que no pervierta el orden de la razón. Ciertamente Dios, que puso este orden entre el acto y el placer, puso también el orden en nuestras facultades: las superiores -inteligencia y voluntad- nunca pueden estar por debajo de las inferiores -sensibilidad, sentimientos, emociones.

Ahora bien, en nuestro tiempo la palabra "templanza" se ha ido reduciendo mucho hasta llegar a identificarla en ocasiones con la moderación en el comer y en el beber. La virtud de la templanza es algo mucho más amplio y de mucha mayor categoría. Es, como indicamos arriba, una virtud cardinal que conduce a la Vida.

Asimismo se ha entendido la templanza como la moderación de la pasión de la ira. Al airado se le aconseja que se modere y que no dé rienda suelta a su enojo, pero de nuevo aquí se vuelve a reducir el entorno de esta gran virtud considerándola exclusivamente como un refrenamiento de impulsos. Hay que evitar esta consideración reduccionista que nos podría llevar a ser personas tímidas, apocadas, pusilánimes, cuando en realidad un apasionamiento bien dirigido siempre es el mejor camino para emprender grandes obras y elevadas empresas.

Un tercer reduccionismo lo encontramos cuando vinculamos la templanza al miedo y a la prevención ante cualquier clase de exaltación. Pero entonces ¿dónde quedarían las valiosas y reconocidas acciones de los héroes y los santos? Siempre se les podría tildar de exaltados, fanáticos, radicales, es decir de intemperantes.

Entonces ¿qué es la templanza y cómo debemos practicarla en nuestra vida? Indicaré algunas notas que por sentido de brevedad no expondré ampliamente:

1. Orden en el interior del hombre: el primer efecto de la templanza es la tranquilidad de espíritu o de ánimo, entendiendo por espíritu el lugar interno donde la persona humana toma las decisiones. Realizar el orden en el propio yo. Actuar con templanza quiere decir que el hombre se enfoca sobre sí y sobre su situación interior conformándola con sus principios morales.

2. Convertirse a sí mismo: es misterioso el hecho de que el orden interior del hombre no sea algo que se dé de forma espontánea, como una realidad natural. Las mismas fuerzas que alimentan la vida humana pueden pervertir el orden interior. La templanza nos ayuda por medio de la reflexión, examen y actuación a poner en orden el desorden interior provocado.

3. Defender este orden interior restaurado contra nuestras propias pasiones practicando:
a. la sobriedad en los deleites del gusto,
b. la castidad frente a la lujuria,
c. la mansedumbre y dulzura frente a las tentaciones de vengar una injusticia,
d. la humildad ante el instinto de dominio y la propia valoración personal,
e. la discreción ante el instinto de la curiosidad y el ansia de conocer.
A modo de conclusión sobre este tema de la templanza propondría algunas líneas prácticas que nos ayudarán a tomarla más en cuenta en nuestra vida diaria:

  1. No te rijas por las modas del momento o por los comportamientos grupales impuestos: sé tú mismo con tus propias convicciones personales y cristianas.
  2. Adquiere el hábito de la reflexión. No actúes al primer impulso: eso no es espontaneidad ni libertad, eso es irracionalidad.
  3. La moral no la impone la mayoría ni las leyes civiles. La moralidad de cualquier acción la juzga la conciencia individual rectamente formada a la luz de la recta razón y de la fe.
  4. Examina con frecuencia tu conciencia reflexionando sobre tus actos, descubriendo a tiempo los desórdenes internos y jerarquizándolos. Esto dará paz y serenidad a tu vida.
  5. Sé humilde, bondadoso y discreto en tu relación con los demás, esto te hará crecer y te llenará de fuerza y seguridad en ti mismo.
  6. Usa el sacrificio, como medio para dominar tus propios impulsos, incluso en cosas o acciones lícitas. Esto te ayudará a tener un espíritu más dispuesto para que cuando se presente la tentación puedas salir triunfante.
P. Miguel Ángel LLamas


Fuente: Conoze.com
08.12.2007
Autor: Monseñor Antonio González
La Sinceridad

Uno de los rasgos más sobresalientes de nuestra época consiste en poner en tela de juicio y en subvertir todos los valores tradicionales. Intentar hablar, en ciertos ambientes, de la verdad, la sabiduría o la virtud es considerado como un anacronismo. Sólo la sinceridad escapa a este naufragio universal; es el último valor aún admitido, el que permite todos los demás y ocupa el lugar de ellos.

He oído decir muchas veces, refiriéndose a un autor: «Es una obra básicamente pornográfica, pero es sincero...», con un acento lleno de indulgencia cercano a la aprobación...

No estoy seguro de que todos estos campeones de la sinceridad sean sinceros. La inconveniencia ha entrado en las convenciones, por lo tanto el exhibicionismo obsceno, como los actos o relatos de violencia, aseguran el éxito; la hipocresía puede muy bien consistir en fingir las peores audacias al igual que antes consistía en salvar las apariencias de la moralidad y del «buen tono».

El hombre sincero es el que expresa con verdad lo que piensa y siente. Esta definición del diccionario prueba que la sinceridad absoluta no existe. Si cada uno se dedicara a exteriorizar, con palabras y con actos todo lo que piensa y siente, ninguna vida humana sería posible. Los ejemplos abundan: ¿es sincero quien, bajo un bombardeo, temblando todos sus miembros, se esfuerza por no traslucir sus emociones y anima y tranquiliza a los otros? ¿No soy sincero cuando voy a trabajar y tengo, en un hermoso día, unas ganas inmensas de pasearme por el campo? ¿Y si al discutir con alguien que mantiene tesis absurdas, domino mi irritación, y sin romper la conversación continúo con calma, tratando de enseñarle a razonar? Solamente los animales y los niños muy pequeños son total y continuamente sinceros: gritan, golpean, comen o se niegan a comer siguiendo el impulso del momento.

Pero volvamos a los ejemplos citados: cuando el miedo se apodera de mí, ¿dónde está la verdad más profunda? ¿en mi cuerpo que tiembla o en mi espíritu que no cede ante el temblor?

Cuando trabajo, en vez de pasearme... ¿la sinceridad está en mi pereza o en mi fidelidad al deber de estado? Y finalmente, ¿dónde está mi verdad más profunda? ¿en mi irritación espontánea o en mi deseo de benevolencia hacia otras personas? Soy menos sincero en relación con mis emociones pero soy mas auténtico con relación a mis deberes. Enseño menos lo que soy, pero me acerco más a lo que debo ser.

Si se hace de la sinceridad, a cualquier nivel y a cualquier precio, un valor absoluto, se minan todas las virtudes sobre las que reposa el edificio individual y social: dominio de uno mismo, disciplina interior y exterior, pudor, etc. y la única verdad que permanece es el del caos...

Monseñor Antonio González