PEREGRINACIÓN A TIERRA SANTA
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Un grupo de ciegos peregrina a Tierra Santa
Del 6 al 13 de abril de 2008
Organizada por la Parroquia de San Valero Guía: D. José Laín
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Un grupo de 23 ciegos, junto con otros tantos acompañantes, pertenecientes a la Asociación CECO (Ciegos Españoles Católicos), hemos peregrinado a Tierra Santa entre el 6 y el 13 de abril.
Hemos vuelto con el corazón lleno de alegría y desbordando impresiones difíciles de olvidar.
Hemos andado por los lugares que pisó el Señor. Hemos acariciado lugares en los que Él estuvo. Hemos escuchado sonidos que Él oyó y hemos respirado el aire que Él respiró.
En la casa de María, en la que se nos quitaron todas las barreras, pudimos besar la piedra en la que estaba Ella cuando recibió la Palabra. Entre el susurro de los que estábamos dentro, nos parecía oír a la Madre diciendo el “Hágase” y el revoloteo del Ángel que partía, raudo, a transmitir la aceptación.
En el huerto de los olivos, se nos permitió acariciar los árboles milenarios que presenciaron la agonía del Señor. Allí nos pareció oír el traidor beso de Judas al escuchar el crujido de una rama pisada por alguien, y, entre el canto de pájaros oír al Señor diciendo amigo al traidor, y el roce de nuestras ropas como el respiro amargo del Señor en aquella trágica noche.
El Vía Crucis fue especialmente emotivo, siguiendo por el camino que el Señor recorrió. Nuestra respiración fatigada por el camino nos recordaba la del Señor cargado con la Cruz. Los gritos de los vendedores que nos rodeaban rememoraban los insultos que Él recibió. El suspiro de unas mujeres que nos contemplaban trajo a la memoria aquellas que se compadecieron de Él.
La subida al Calvario, de uno en uno, respirando con fatiga, nos recordó la del Señor, cuando subía cargado con la Cruz.
La bajada del Calvario, con el rastreo de nuestros pies por la escalera, nos representaba cuando lo bajaron muerto hacia la tumba.
El susurro de nuestras oraciones nos traía a la mente el llanto quedo de la Madre abrazando a su Hijo muerto.
El sepulcro fue motivo de alegría al besar sus piedras y estallar en el grito de alegría por la resurrección.
En el lago, con los motores en silencio y entre el murmullo de las olas, nos pareció oír decir a Juan: “Es el Señor”, y el chapoteo del agua contra las bordas nos pareció que era el zambullido de Pedro que nadaba hacia Jesús.
En Belén, después de besar el pesebre, nos reunimos en una de las grutas para celebrar la Eucaristía llenando el recinto de villancicos.
Caná, con la renovación del compromiso matrimonial de ocho matrimonios presentes, renovando alegrías y pesares.
La Eucaristía en el Cenáculo, donde pudimos tocar el relieve del colegio apostólico acariciando en el pecho del Señor la puerta del Sagrario y escuchando a los sacerdotes la renovación de su compromiso con el Señor.
Y así, sensaciones y más sensaciones que podrían llenar páginas. Hoy, la lectura de los Evangelios queda adornada con las vivencias en la Tierra del Señor y se nos presenta más real y con mayor compromiso.
Queremos agradecer sinceramente a los cireneos que, de su mano, nos han acompañado y advertido de posibles tropiezos. También a los PP. Franciscanos, que nos han facilitado el acceso a muchos lugares acotados, y a nuestros guías y sacerdotes, José y Julián, que han estado siempre a disposición y nos han ayudado con las celebraciones litúrgicas que presidían.
Un peregrino ciego.
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